Hoy vamos a bucear un poquito en la Historia, esa gran desconocida y tantas veces vejada por nuestros políticos. Esa memoria común, que es más selectiva que ninguna otra.
Hubo un tiempo, hace más de un siglo (quién lo diría) que las empresas privadas empezaron a funcionar a todo trapo gracias a la creciente industrialización. Por aquel entonces los trabajadores de esas fábricas no tenían ningún tipo de derechos, siguiendo una costumbre que se remontaba milenios atrás hasta sumirse en los oscuros albores de la Historia. Eran simple mano de obra, barata, abundante y despreciable. Los dueños de esas fábricas podían hacer con sus trabajadores lo que quisieran, ya que si alguno de estos se negaba o quejaba en algo, simplemente era reemplazado por otro de los miles de pobres de solemnidad que por allí había disponibles. La situación se tornó insostenible, llegando al extremo de extender prácticas como darle trabajo sólo a niños porque estos cobraban menos (además había muchos)
Ya de paso recuerdo a todos que esto que acabo de describir, y que en principio ha quedado en la Historia gracias a nuestra floreciente evolución, se está repitiendo hoy en día en otras partes del mundo. Partes del mundo menos civilizadas, digámoslo así.
Volviendo al tema que nos ocupa, resulta que en aquel momento surgieron los primeros sindicatos por la mera necesidad de los trabajadores. Éstos, movidos por las nuevas ideas comunistas, anarquistas, y socialistas entre otras, comenzaron a actuar. Y no eran poco expeditivos: si había que paralizar la fábrica de turno se paralizaba, ya fuera mediante huelgas, piquetes (y no informativos precisamente), o destruyendo la maquinaria. Fueron el azote de los leoninos empresarios y tuvieron que verselas con la policía, esa gran amiga del pueblo desde siempre.
Por lo tanto, los sindicatos comenzaron siendo ilegales. Pero poco importaba porque eran efectivos. Y tanto que si lo eran. Y por ese motivo terminaron sentándose en la misma mesa de los empresarios para negociar las condiciones de trabajo. Y de ahí vienen los primeros derechos de los trabajadores. Pero esos primeros derechos conseguidos a sangre y fuego (y no estoy aplicando exageraciones dramáticas) estaban aún muy lejos de los que se conseguirían más adelante (vacaciones pagadas, seguridad social, subsidios por desempleo) Todas esas cosas, aunque os hagan creer lo contrario, se consiguieron porque a mediados del siglo XX (sobre todo después de la II Guerra Mundial) los grandes empresarios se dieron cuenta de que si el poder adquisitivo del ciudadano, y su calidad de vida crecían, habría un mayor mercado para los productos que ellos mismos producían. Ahí nació la sociedad de consumo que hoy todos disfrutamos. Su padre se dice que fue Ford, no el actor que encarnó a Han Solo, sino el tipo de los coches Ford. Su madre fueron las multinacionales.
Entonces, curiosamente, gracias a los capitalistas, las condiciones de vida de los trabajadores crecieron muchísimo, invirtiéndose más en mejorar su bienestar, tiempo libre y ocio. Fue la necesidad de expandirse de los mercados, y no la acción de los sindicatos, la que hizo posible alcanzar las más altas cotas de confort para el pueblo en la historia conocida. Las misma que, dicho sea de paso, ahora estamos perdiendo.
¿Y los sindicatos por aquellos entonces, qué hacían? Pues una vez que ya no había que quemar ninguna fábrica ni amenazar a ningún empresario carroñero, entraron en una interminable fase de desidia que les ha llevado a nuestros días. Las grandes empresas, conscientes de que era mejor controlarlos que tenerlos en contra, fueron engatusándolos y atrayéndolos al poder, ofreciéndoles responsabilidades y dinero, mucho dinero. Y así, poco a poco los sindicatos fueron quedando debidamente sedados, pasando a convertirse en leales servidores del establishment (ya saben: bancos>multinacionales>políticos>medios de comunicación, etc)
¿Y ahora, qué hacen? Pues ahora, como buenas mascotas del poder que son, forman aberraciones como ésta:
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| Cartel de la última huelga: desde entonces poco ha cambiado, y menos aún se ha logrado |
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La Huelga General, tal vez el arma más poderosa que pueda tener un trabajador a su disposición dentro de los parámetros del Estado de Derecho (descanse en paz), se ve horriblemente mancillada y mutilada cuando "nuestros" inamovibles e inmóviles sindicatos la desempolvan de cuando en cuando. No me voy a convertir en un profeta al decir que la próxima huelga general no va a servir absolutamente para nada; que vamos a seguir cuesta abajo, y que cada vez vamos a estar peor; que los medios se afanarán en destruir cualquier atisbo de movimiento al día siguiente; que sólo van a conseguir que la gente deje de confiar en el poder de las huelgas generales, y pierda la fe, baje los brazos y se entregue definitivamente para que le lleven al matadero cuanto antes.
Pero no. Una Huelga General sí que funciona. Pero no esto organizado por los sindicatos. No,
una huelga de verdad, una contundente que le de en las narices al gobierno. Como por ejemplo mi tan admirada
huelga de controladores de hace poco más de un año.
Ellos mostraron el camino. Si queremos se puede. Pero debemos empezar por darle la espalda a esta jauría de perros leales a su amo, que no es otro que el mercado.