lunes, 2 de agosto de 2010

La grieta del tiempo

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Y hoy por fin retomo la escritura de mi novela más difícil, mi mejor obra. La dejé aparcada hace meses, más por estancamiento que por falta de empuje. Cuando hoy me volví a sentar delante de ella, comprobé que la última palabra que cerraba el capítulo anterior ya estaba escrita; sólo tenía que poner el punto y pasar la página. El resto vino solo.

Voy a adelantaros algo de lo que hoy he empezado a escribir.

"Habíamos dejado al príncipe encerrado en aquella grieta oscura, perdiéndose más y más con cada paso que daba. Buscaba infructuosamente la procedencia de la voz de la princesa, incluso después de saber que era un engaño, una ilusión que se deslizaba sibilina entre los afilados barrancos. Pero él seguía obstinado su marcha, siempre y cuando hubiera un palmo de tierra sobre el que pisar, aún desconociendo si avanzaba o retrocedía. Con cada abrupta esquina que doblaba, perdía un nuevo pedazo de la humanidad que un día habitó su corazón. A veces era sorprendido por unos rayos de luz que se habían dejado caer desde la cada vez más lejana altura, o por una bocanada de aire puro que vagaba errático por entre los yermos collados. Pero no les hacía caso, incluso se refugiaba de ellos, huyendo como hacen los gatos de la lluvia: ocultándose y maldiciendo.

Y así días tras día, año tras año quizá, hasta que sus recuerdos sólo quedaron como vagos susurros que rebotaban entre las negras paredes. Hasta que un día olvidó todo lo que había olvidado, y perdió la conciencia de que se había perdido. Se sintió solo y desorientado al descubrir que había encontrado el camino. Escaló con ahinco las rocas, sin importarle la sangre que derramaba desfiladero abajo al cortarse, sin importarle que con cada resoplido iba desmembrando los lazos que le unían con aquella voz que le suplicaba auxilio. Ya no le importaba si verdaderamente era la princesa o no; sinceramente, sólo le importaba salir de allí.

La luz le impactó tan poderosamente que creyó que le atravesaba los ojos, pero continuó hasta que se incorporó y sus pies aplastaron la hierba. Estaba verde, un verde radiante que oleba salvaje con cada filigrana del viento. A sus espaldas la grieta ya no era más que una mueca
garabateada por el tiempo sobre la faz de la tierra. Alzó la cabeza e inspiró profundamente, tanto como sus castigados pulmones le permitieron. Abrió los ojos y dejó correr dos lágrimas que desaparecieron con un fulgor al llenar su pecho del azul intenso. Sonrió marcando unos surcos en su ahora envejecido rostro: todo seguía siendo tan hermoso como aquella última vez que lo contempló. Fue feliz al comprobar que estaba vivo; y había vuelto a casa"


Dedicado a quienes me apoyaron mientras el príncipe estaba perdido. Muchas gracias.


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