Eran alrededor de las ocho de la tarde, y como desde que el gobierno decidió que era invierno, ya había anochecido. Subí por las empinadas escaleras que se encuentran al poco de atravesar el umbral. Crujían bajo mis piés con cada uno de los pasos, anunciando mi llegada mientras yo trataba de esquivar la pared y la pasarela con las mangas de abrigo. Misión imposible. Pronto me sentí invadido por el olor a caldo hirviente, la sonrisa de una niña, o la discusión de una pareja. Aquel edificio bullía vida por cada sorbo de aire suspendido alrededor de mí.
Y yo no podía sentirme más muerto.
Alcancé la puerta que buscaba aprisa, como queriendo escapar de aquel mundo en el que me sentía infiltrado. Estaba entornada, como esperando que la empujase. La cerré desde dentro sin preguntar. El interior estaba bañado en penumbras, con interminables sombras proyectadas por las escasas velas que se erguían de cualquier lugar. El ambiente era pesado, recargado por los numerosos objetos que salían de aquí y allí, y por el penetrante olor de incienso y palosanto.
"Pasa, te estaba esperando", oí decirme desde lo profundo.
Su voz podía haberme cortado el pulso. Pero no a mí; ya no al menos. Tras deslizar las cortinas que servían de puerta de la sala de estar, me lo encontré sentado sobre un zafu, resguardándose del frío por varias mantas viejas de estrafalarios colores. Era una extraña mezcla entre una cabaretera y un monje tibetano: ridículo y sobrecojedor.
"Siempre dices lo mismo", le respondí poco amistoso.
"Tú también", repuso él sin perder la sonrisa, indicándome con la mano que me sentara.
Tras dejar el abrigo en algún sitio que creí apropiado para ello, me senté sobre uno de los cojines que había desperdigados en la alfombra. Me llevó más tiempo del que me hubiera gustado cruzar las piernas en la posición del loto. No quería divertirle, y me fastidiaba no conseguirlo. Cuando volví a mirarle tenía aquellos ojos acuosos puestos en los míos, inquisitivos pero sosegados, esperando que retomase la palabra. Tampoco eso me agradó.
"No voy a andarme por las ramas; sabes a lo que vengo; quiero volver a verlo"
"Y supongo que nada ni nadie te hará cambiar de opinión, pero dime tus motivos primero"
Le aparté la mirada por unos instantes, clavándola en algún punto entre mis rodillas.
"Ya me he visto con mis hijos, ya he conocido mi hogar y a la mujer que quiero. Ya lo he visto todo, pero nada de eso se ha cumplido. Quiero volver a verlo para estar seguro de que mi destino ha cambiado"
Él arqueó las cejas.
"Pero aún eres muy joven; no has cumplido los treinta y ya has consultado el oráculo dos veces. Tras la tercera no habrá nuevas oportunidades, y ya te anuncié una larga vida"
"Las otras dos veces no quedé satisfecho en absoluto de lo que ví", volvió a caer mi mirada.
"Y has perdido la fe"
"No, ahora la siento con más fuerza que nunca", mis ojos comenzaron a emborronarse. "Creo que por fín la he encontrado"
El anciano se mesió las barbas que no tenía mientras dirigía su mirada y sus palabras en mi única dirección.
"¿Crees que es ella?"
"Sí, esta vez no hay duda"
"Pero eso no te hace feliz", sus palabras fueron dardos.
No le respondí.
"Tienes miedo", continuó. "Sabes que tras la búsqueda te tocará luchar"
"No me asusta luchar"
"Pero sí exponerte de nuevo. Porque crees que jamás sanarás de las heridas que la última batalla te dejó. Temes que te ocurra una vez más"
"El miedo es mi signo, no lo puedo evitar... Quiero verlo de nuevo aunque la oscuridad se haga sobre mí a perpetuidad. Consultar el oráculo tres veces es mi derecho: obedéceme"
Me examinó detenidamente por unos segundos, traspasando la capa con la que me disfrazaba a sus ojos, y que sentía que ya no me protegía en absoluto.
"Así sea"
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