domingo, 12 de diciembre de 2010

Adriana


“Ante todo soy una soñadora”, solía decir ella a quienes no la conocían más que de pasada. Eso ocurría más frecuentemente de lo que podría parecer en un principio. Era mucha la gente que pasaba por su vida como un relámpago, visto y no visto; ahora estás dentro y ahora fuera. Aunque realmente nadie llegaba nunca a estar del todo dentro, no al menos como a ella le gustaría. El motivo era su trabajo, o sus trabajos, como ella solía llamarlos. “Soy una mujer realmente fuerte”, decía sólo cuando no lo sentía de veras, cuando le abandonaban las fuerzas. Bajo su frágil apariencia de niña de bien, habitaba una energía tranquila y constante; demoledora. Como la marea. Era algo que en seguida, con sólo conocerla un poco, salía a la superficie. Y era incuestionable. Pero claro, con tanta gente entrando y saliendo de su vida continuamente, esto se convertía en un detalle que pasaba inadvertido para la inmensa mayoría. Mayoría ignorante.
“Mayoría ignorante”
“No me importa; me quedo con las mejores sensaciones que esas personas dejan en mí, y eso me llena”, comentaba con regularidad. Ella sabía que ese punto de vista era muy bonito, el mejor de todos los posibles. De no ser porque era una mentira canalla. Porque ese trasiego de gente sólo le aportaba vacío, un horrible vacío. Su naturaleza la hacía sentirse llena con su vida, pero con cada cubo que sacaban de ella se iba quedando más y más seca. A veces quería gritar esto al viento, o confiárselo a alguien que de verdad la conociera. Justo ese tipo de tipo de amistades que tanto escaseaban en su vida. Era un lujo cada vez más costoso, y hacía ya unos años que había dejado de permitírselo. Y todo, una vez más debido a su trabajo. O sus trabajos.
“De cualquier modo, quienes en realidad me conocen son ese tipo de personas que me ponen caras raras cuando yo les digo que ante todo soy una soñadora”, piensa. “No pasa nada, no las necesito”
“No las necesito”
Ella quería no tener que mentirse más. No tener que justificarse una y otra vez el por qué hacía lo que hacía. Porqué su trabajo continuaba siendo lo más importante para ella si verdaderamente la estaba destruyendo. Quería encontrar alguien; era eso. Alguien especial, alguien que se saliera de lo normal y que la sacara a ella de su vida cotidiana. Alguien con quien conversar durante horas; de cualquier cosa. Y que nada más despedirte desees volver a ver porque no sólo no has hablado de todo lo que querías, sino que además han surgido nuevos temas que te encantaría tratar. De estas personas a las que siempre vuelves a por más, y a por más, y nunca te cansas. Eso era lo que quería ella.
Eso y nada más.
“Ante todo soy una soñadora”, solía decir.
(Acción evasiva)

2 críticas constructivas:

David dijo...

Ante todo soy un soñador, suelo decir...

Felicidades por expresarlo tan bien...

Saludos

decadente dijo...

Gracias!

Un saludo