Ya se apaga el faro de la estación, dejando en sombras el reloj, que seguirá funcionando todavía cuando salga el sol, una y mil veces más aunque yo no lo vea. Ya cierran a dos manos el portón, y yo sigo esperando, ramo en ristre, hundido en el ventoso rincón que ni las arañas quieren. Ya son pocos los que andan por la calle, ninguno pasea, y si alguien ve su reflejo en los cristales es de forma casual, fugaz. Y me van dejando solo, aunque no parezca su intención, sí solo con el viento que mueve mi bufanda y que trae aquí y lleva allá las nubes de noviembre. Y éstas llueven sobre mí, pero ya no me importa al rodearte con mis brazos: ya estás aquí.

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